1 de agosto de 2017

La tormenta nuestra de cada día.

Despierto tan pesada como ingrávida. Abro mis ojos y mi alma se cierra.
Un océano de preocupaciones, un tormenta de arrepentimientos y fantasmas de personas a las cuales cerré mi puerta. Pienso en mi madre, en el qué hacer del día, en las clases que desearía ignorar, en las clases en las que anhelo estar. Mis pies reposan en la alfombra, las gotas de agua limpian mi cuerpo, mi cabello, pero no mis heridas. Tomo el bus y el pánico vuelve otra vez, miro por la ventana mientras organizo mis diálogos antes de socializar con la gente. Raccontos y más arrepentimientos, me voy un viaje por el pasado mientras delicadamente enmendo mis errores, mi caídas, las decisiones tomadas por mis demonios. Otro día, los mismos chistes, la misma historia. Pienso en Él, en él, en ellos, en ella, en mi, en el allá. Tomo el bus de regreso mientras reconozco a los mismos rostros impávidos, con la mirada taciturna y las sombras bajo los ojos. Dibujo mi sonrisa, respondo con delicadeza. Dejo caer mi mochila, me tumbo en la cama. El mismo llanto de cada día. La voz de mi madre al otro lado del teléfono. El amor filial más infinito que quinientos kilómetros. Me refugio en un millón de libros, ecuaciones, la maravilla del cuerpo humano, la química del existir y el anhelo de sanar. Mis ojos se cierran. Elijo la ropa para el siguiente día. Miro hacia ellos, seres vetustos llenos de humanidad pura, agradezco a la vida. Maldigo vivir. Me seco las lágrimas. Pronuncio mi gastada oración. Me hundo en la cama. Pánico, sudor, angustia, manos temblorosas. Negro, azul, gris. Preguntas. Me hundo en mi tormenta de cada noche. Me seco las lágrimas. Tengo estar lista temprano mañana otra vez.

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